Quería un cigarro pero no tenía fuego, estaba muy frío el día, él estaba acelerado, ansioso, y no se podía quedar quieto. Fue a pedir encendedor a un grupo de personas con cara de intelectuales fumadores, no tenían. Le preguntó a otro grupo, ellos estaban fumando. El encendedor que tenían estaba medio gastado, había viento y él estaba temblando de nerviosismo. «¿Lo prendo yo?», le preguntaron y él asintió con vergüenza y un «por favor». El cigarro estaba encendido y llegó a quien estaba esperando.
Era perfecto, pudo divisarlo mientras hablaban por teléfono, se acercó, lo miró y dejó de temblar, se quitó el frío y el mundo se quedó en silencio, solo existía él, quería besarlo, saltar a él.
-Quiero sentarme, estoy cansado.
-Vamos al parque.
En el camino le volvió el frío, quería que lo abrazara, no se atrevía a abrazarlo él.
Llegaron al parque, se acostaron en el pasto, hablaron, cada vez tenían menos distancia entre ellos, entre sus caras, cada vez que decían algo, un beso se moría. En un momento no quisieron decir nada, el beso se estaba formando, quería salir, quería vivir, ser parte de ellos. El mundo giró más rápido, y de un momento a otro, no había distancia entre sus bocas, sus labios se saludaron, rieron, sus labios sentían el calor, las lenguas no eran presentadas aún, eran tímidas. Hasta que se atrevieron. el planeta se detuvo y ellos bailaban con el cuerpo quieto, el baile más lindo se hace con el cuerpo quieto.
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