miércoles, 6 de noviembre de 2013

El bueno y el perfecto

Tomé mis cosas y me fui, ellos pudieron, quizá, vaticinar que lo haría. Nunca estuve de acuerdo con ese tipo de actos, y ellos lo sabían. Quizá sorprenda que yo, siendo el más aborrecido por ese adefesio, lo defendiera de alguna forma, es que mi aversión hacia él no supera los límites de la moral, no soy un ser cizañero, aquel gaznápiro no puede con mi calidad humana ¿Es que acaso soy demasiado beno? ¿Es que acaso soy yo ese ser de bondad que todos buscan? ¿Acaso no tengo calidad humana y soy una deidad del bien? Frente a esas preguntas me cuestiono si aquella deidad del bien puede tener tal nivel de autorreferencia, y se me viene a mente Jesús, el ser más vanidoso que el mundo ha visto nacer ¿qué clase de ser puede autoplocamarse el hijo de Dios y guiar a gente a costa de eso? Solo el más egocéntrico. Es ahí donde me pregunto ¿es el egocentrismo una conditio sine qua non de la bondad o no es Jesús el ser de bondad que todos buscamos? 
Si la vanidad y el egocentrismo, como sinónimos, van acompañados siempre de la bondad, puedo considerarme bueno. Algunos pueden refutar, algunos pueden decirme que no soy bueno, algunos pueden decirme que tengo defectos, pero esos algunos confunden la bondad con la perfección, no soy un ente perfecto, soy tan solo el más bueno, porque bueno es el que ignora, perdona, ama y odia, el que está satisfecho consigo mismo, el vanidoso, goloso, lujurioso, iracundo, perezoso, envidioso y avaro, pero el que no demuestra y deja pasar. Perfecto es, en cambio, el que solo siente admiración por ti.