Un chillido ensordecedor hacía que sus pupilas se achicaran, sus fosas nasales se dilataran y su boca apretara. Sus hombros se encogieron. Sus manos, su abdomen, sus rodillas y los dedos de sus pies se tensaron. El suelo se movía. Sintió sus pequeños pies correr rápido, sintió su respiración acelerándose, sintió sus ojos llorosos por el frío que entraba en ellos. Sintió el sol que no alumbraba ni calentaba, lo sintió allí, pensaba por qué no le ayudaba, quizá la odiaba, quizá no quería su existencia. Llegó a su casa, abrió la puerta y sintió ese placentero calor golpearle la cara con suavidad.
Qué bueno es el quemarse cuando te estás congelando.
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